
Con ese dicho popular
"se me cayeron los palos del sombrajo" he querido resumir lo que sentí anoche, cuando sentado frente al televisor me disponía a ver la final de la copa del mundo de fúbol entre Francia e Italia. Precisamente para ver a esa selección francesa que nos ganó en octavos y que tantas posibilidades tenía de haberse hecho con el mundial, llegando con una media alta de edad contrastada con la calidad de sus jugadores. Pero ante todo rendirme una vez más a la genialidad de Zidane, ese astro francés que tantas veces me encandiló con sus regates, sus imposibles toques y su arte futbolero, ese que a tantos hizo amar el fúbol y sentirlo hasta conseguir ponernos los pelos de punta. Sin embargo, anoche se me cayó del pedestal estrepitosamente cuando tras ser insultado por Materazzi, le arreó un cabezazo cual cabra montés, totalmente fuera del lance del juego y de la forma más salvaje, sucia, rastrera y macarra. Naturalmente nunca se puede defender ni justificar un juego sucio, pero en un genio eso parece doler más, como si te robaran el sueño que tienes idealizado de un número uno. De la misma manera que ocurriera con Schummacher en su famosa trampa en Montecarlo, algo poco plausible para cualquiera, pero totalmente imperdonable e inaudito en un campeón como él. Zidane se va a retirar con esa mancha, ¿Qué necesidad tenía?... Ahora va a enseñar a los niños que tanto le admiran. ¿Les enseñará también a dar cabezazos de cabra en el pecho?. Lo siento Zidane, pero se me cayeron todas las estrellitas que te tenía puestas. En lugar de decirte "Chapeau", te diré simplemente "Au revoir".